Marineros y cosmonautas

¿Qué echas de menos, pequeña mía? ¿Sospechas de los nuevos navegantes? ¿Quieres que se quiten el casco y recorran el espacio con el pelo al viento? No se ven curtidos, dices. Es que en los nuevos muelles no quema el sol. Te apena ver al héroe partir a la Luna apretado en su cápsula mezquina… Quisiera que el cosmonauta confiara su rumbo al relato frágil de marinos sospechosos, y no al hilo sutil de numeritos que dibuja la ruta en el negro espacio extraterrestre. Ya sé que te gustaría verlos regresar con oro y papagayos, y no cargados de muestras minerales.

Pero escucha, pequeña mía, la aventura del espacio aún no comienza. Comenzará ese día en que un astronauta, caminando sobre la roja superficie de Marte, desobedezca una orden. Los técnicos de Houston abrirán la boca mientras el astronauta se aproxima al curioso resplandor que brilla en la lejanía. Entonces renacerá el hombre y el escenario de la aventura será la superficie de todos los planetas. Ya se descubrirá el oro, que se llamará de otra manera. Y el oro una vez más arrastrará a los hombres. Sí, pequeña, también habrá prostíbulos y se volverá a disparar sobre el pianista. Los mineros de Mercurio regresarán cargados a los puertos de la Tierra, a perder en una noche sus pepitas. Y volverán a Venus por más. Espera un poco, ya cantarán los zorzales de la Tierra en los desiertos asteroides. Los anillos de Saturno están plagados de monstruos -dice el camionero del futuro- y más allá de Plutón se acaba el mar.

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